Maipú en tiempos de incertidumbre

El aumento de combustibles en Chile no solo afecta el bolsillo, sino también la mente. Esta columna explora la vulnerabilidad que genera y propone gestionar la reacción, el juicio y el apoyo comunitario para navegar la incertidumbre.

Maipú en tiempos de incertidumbre Opinión

El psicólogo maipucino, Ricardo Cornejo, en esta columna de opinión entrega un análisis respecto a la delicada estabilidad de miles de familias de nuestra comuna y de Chile, la manera en que las crisis nacionales e internacionales afectan en la salud mental y entrega cuatro recomendaciones.

Cada cierto tiempo el mundo nos recuerda que la estabilidad era más frágil de lo que creíamos. Esta semana no llegó en forma de teoría ni de análisis internacional. Llegó en forma de algo más simple y más brutal: llenar el estanque cuesta mucho más. En Chile, desde el 26 de marzo, la gasolina de 93 octanos subió 370 pesos por litro y el diésel 580, en un contexto de shock petrolero global. Al mismo tiempo, se informó que el transporte público mantendría sus tarifas congeladas.

Pero en comunas como Maipú estas noticias no se procesan primero como economía. Se procesan como vida cotidiana. Como trayecto. Como presupuesto. Como cálculo mental. Como ese momento en que alguien piensa, antes de salir de la casa, si esta semana alcanza, si conviene usar el auto, si habrá que ajustar otra vez, si viene algo peor.

Y ahí aparece algo que pocas veces se dice con claridad: las crisis no solo golpean el bolsillo. También golpean la mente.

Porque cuando sube la bencina, no sube únicamente un precio. Sube la sensación de vulnerabilidad. Sube la percepción de que nadie controla nada. Sube el miedo a quedar atrás. Sube la irritación. Sube la tensión en la casa, en la calle, en el trabajo. Y si uno no lo mira bien, termina creyendo que el verdadero problema es solo económico, cuando en realidad también se está jugando algo emocional y psicológico.

Quizás por eso me cuesta tanto ver la manera en que hoy se discuten estas cosas. Veo a demasiados opinólogos, demasiados comentaristas, demasiada gente especializada en una sola tarea: encontrar al culpable perfecto o defender al suyo aunque la realidad se esté incendiando. Unos esperan el error del otro para demolerlo. Otros justifican todo para no darle la razón al adversario. Casi todos hablan desde la vereda del bando. Muy pocos hablan desde la vereda de la vida real.

Y la vida real no funciona como un panel de televisión.

La vida real ocurre en Maipú, cuando una familia tiene que reorganizar la semana. Ocurre cuando un trabajador se demora horas en trasladarse y entiende que cualquier alza le pega doble: en la plata y en el ánimo. Ocurre cuando una madre, un padre o un abuelo tiene que absorber la ansiedad de la casa sin tener respuestas para todo. Ocurre cuando la incertidumbre deja de ser una palabra elegante y se vuelve cansancio, mal humor, insomnio o sensación de ahogo.

Por eso no me interesa escribir para echarle más leña al fuego. Tampoco me interesa escribir para aplaudir ciegamente a nadie. Me interesa una pregunta más difícil y más útil: ¿cómo sobrevivimos emocionalmente a un mundo cada vez más convulsionado?

No tengo una receta mágica, pero sí algunas convicciones:

La primera: no todo se puede controlar, pero sí se puede administrar la reacción. No elegimos el precio internacional del petróleo ni la crisis externa, pero sí podemos decidir si vamos a amplificar el pánico o a ordenar la respuesta. Desesperarse no resuelve. Negar tampoco. Lo que ayuda es mirar la realidad de frente y preguntarse qué sí depende de nosotros.

La segunda: en tiempos de incertidumbre, el juicio vale más que la rabia. La rabia descarga, pero no organiza. El juicio permite priorizar, conversar, ajustar, distinguir lo urgente de lo importante. Una sociedad alterada necesita menos impulsividad y más criterio.

La tercera: nadie resiste bien solo. En los barrios eso se sabe hace tiempo. Cuando las cosas se aprietan, lo que sostiene no siempre es una gran consigna, sino una red concreta: el familiar que ayuda, el vecino que orienta, la conversación honesta en la casa, la capacidad de decir “veamos cómo nos ordenamos”. A veces sobrevivir no tiene épica. Tiene comunidad.

Y la cuarta: hay que cuidar la mente como se cuida el presupuesto. Así como una familia revisa gastos, también necesita revisar cómo está enfrentando emocionalmente este clima. Menos sobreexposición al griterío permanente, menos intoxicación con discursos catastrofistas, más conversación útil, más pausa, más apoyo mutuo. No para vivir engañados, sino para no volvernos prisioneros de la alarma.

Maipú conoce bien el esfuerzo silencioso. Conoce a la gente que sigue funcionando incluso cuando todo se pone cuesta arriba. Conoce la dignidad de quienes no viven opinando desde la comodidad, sino resolviendo desde la realidad. Tal vez por eso, más que buscar quién gana la discusión, deberíamos preguntarnos cómo nos volvemos una comunidad más fuerte frente a la incertidumbre.

Porque al final, en tiempos así, no basta con criticar ni con apoyar. Hay que aprender a navegar.

Y navegar no es negar la tormenta. Es no perder el juicio en medio de ella.

Ricardo Cornejo

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