Vaya que nos cuesta fijar un punto en la memoria y, desde ahí, rememorar hechos de tanta relevancia en nuestra querida comuna. Sin embargo, haré el esfuerzo de ensanchar los recuerdos y retrotraer la mirada a casi cuarenta años atrás, precisamente al viernes 3 de abril de 1987. Recuerdo con absoluta claridad las multitudes caminando rumbo al Templo Votivo, ese bastión de la fe católica que se engalanaba para recibir a uno de los papas de más largo pontificado.
Desde la calle Carmen hasta la avenida Cinco de Abril, columnas de personas avanzaban lentamente, como un río humano que se deslizaba hacia el Templo. Por toda la avenida, miles de fieles portaban banderitas vaticanas, creando un espectáculo poco habitual en esta comuna del sur poniente. Las vallas “papales” mantenían el orden y contenían a la multitud, ansiosa por ver, aunque fuera por un instante, a un hombre cuya figura trascendía lo religioso y se proyectaba en la historia mundial.
Ese hombre era Karol Józef Wojtyła, un luchador incansable contra las dictaduras. En su natal Polonia, se había opuesto con firmeza al comunismo y apoyado al memorable sindicato Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa. Su liderazgo, sin contrapeso, lo convirtió en una figura clave del siglo XX.
Las calles de Maipú lucían engalanadas con banderas y símbolos patrios, acompañadas de enseñas papales que otorgaban un aire solemne a los viejos rincones de la comuna. Había risas, alegría y una fraternidad que se respiraba en cada esquina, en cada avenida que conducía al Templo.
Era tal la multitud que se agolpaba en el tramo del papamóvil, que el comercio habitual de Cinco de Abril parecía haberse desvanecido. Por un momento, la carnicería La Económica y las tiendas vecinas quedaron invisibles bajo el entusiasmo de la gente reunida desde Esquina Blanca, decidida a no perderse un suceso de semejante magnitud histórica y espiritual.
Nosotros, los jóvenes, albergábamos la esperanza de que la visita del Papa suavizara, de algún modo, el tenso clima político y social en que vivíamos. El miedo, en esos años, estaba enquistado en lo más profundo del alma. Aunque había un ambiente festivo, sabíamos que entre la multitud se movían de forma subrepticia agentes de la CNI, mezclados con la gente, acechando como depredadores invisibles.
“¡Allí viene, allí viene!”, se escuchó un grito ensordecedor. Las banderitas comenzaron a agitarse con una coordinación espontánea y los vítores se oían a lo lejos. Allí estaba, casi frente a mí. Yo no era católico —ni lo soy hoy—, pero recuerdo que Juan Pablo irradiaba luz; su carisma atravesaba la multitud, que lo vitoreaba con devoción, como quien mira a Cristo sin serlo ni pretenderlo.

La visita del Papa dejó huellas visibles y profundas, pero aún me estremece la imagen de Karol abrazando a Carmen Gloria Quintana, la joven que había sido quemada por una patrulla militar comandada por el entonces teniente Pedro Fernández Dittus. Ese gesto, cargado de ternura, parecía contener la misericordia de Cristo, compensando, aunque fuera por un instante, el brutal daño que la dictadura le había infligido.
Fue un momento irrepetible. Mientras escribo esta crónica, me invade la melancolía de aquel Maipú que se nos fue, y en cuyos rincones muchos de nosotros dejamos escrita, entre la fe, la esperanza y la memoria, una parte de nuestra historia.


