Las nubecitas de "El Carrito de los berlines": La emprendedora que endulza la salida del Hospital El Carmen de Maipú

Con su uniforme corporativo y una receta que perfeccionó tras un ensayo y error secreto, Constanza Guzmán (32) transformó una crisis familiar en un negocio de berlines en Maipú. Hoy, sus "nubecitas" no solo son el sustento de su hogar, sino un respiro para pacientes y vecinos que encuentran en su puesto algo más que un dulce: una persona dispuesta a escuchar.

Las nubecitas de "El Carrito de los berlines": La emprendedora que endulza la salida del Hospital El Carmen de Maipú Emprende Maipú

En las afueras del Hospital El Carmen, donde el tránsito es rápido y las caras suelen reflejar preocupación, Constanza Guzmán ha logrado que la gente se detenga. Vestida impecablemente con la polera y gorro de su pyme, «El Carrito de los Berlines», esta maipucina de 32 años ofrece lo que ella define con orgullo como «nubecitas»: masas tan frescas y esponjosas que se deshacen en la boca.

Detrás de la marca que hoy suma más de 10 mil seguidores en su página de Instagram, existe una historia de esfuerzo y perseverancia. La travesía de Constanza comenzó cuando el invierno «congeló» el negocio de venta de helados que había montado con su marido después de que él quedara cesante.

Sin saber nada de repostería, Constanza se la jugó, probando suerte haciendo muchos tipos de dulces, pero con uno específico en mente, los berlines, un clásico que es parte de nuestra gastronomía popular en Chile.

Frescura y gentileza ante todo

Su rutina es exigente. Mientras Maipú descansa, ella amasa, ya que el producto debe prepararse con un día de anticipación. Su regla de oro es nunca vender algo del día anterior, todo fresco y con materia prima de excelente calidad.

«La clave de nosotros es vender siempre fresco, eso es lo que marca la diferencia con otras personas, yo no me voy de aquí hasta que se venda todo», explica Constanza.

En pocas ocasiones no logran ese cometido, sin embargo, Constanza no llega se prohíbe llegar con algo a la casa: lo que no se vende, se regala. Para ella no es perder dinero, sino sembrar algo de humanidad y empatía. Un gesto simple, pero que muy pocos realizan.

«Yo me voy en la moto, y si veo a alguien que está sacando de la basura o alguien de la calle, le digo ‘amigo, ¿quiere un berlín? y pum, se lo regalo’ es la clave de nosotros», comenta.

Esa generosidad le regaló uno de sus recuerdos más preciados. Una noche, tras repartir berlines en la sala de espera de urgencia del Hospital El Carmen , recibió un aplauso espontáneo de pacientes que la emocionó hasta las lágrimas.

«El agradecimiento es otra cosa, no tiene valor, es algo que alimenta tu espíritu, tu alma, es algo que el dinero no lo paga», se sincera.

La vitrina de Instagram: Amasando una comunidad

Hubo un tiempo en que Constanza se alejó de los berlines y del Hospital El Carmen, sin embargo, regresó con una estrategia renovada. Lejos de mostrar todo lo bonito e irreal que puede a veces verse en las redes, optó por mostrar la realidad del oficio, los sacrificios, los malos días, el trabajar enferma y mucho más.

«Trabajé la red social mostrándome tal cual soy, con ojeras, muerta de cansancio, arreglada, desarreglada, mostrando el proceso de como lo hacíamos, la hora que nos levantamos y eso empezó a conectar con las personas», explica Constanza.

No obstante, no fue un camino fácil. «Lloré muchas veces, estaba más frustrada que la cresta porque no llegaban las visualizaciones que quería», confiesa. Pero entendió que el secreto no estaba en la suerte, sino en la constancia.

«Aunque hay días en los que no tengo ánimo de subir videos, lo hago igual, porque es disciplina», explica.

Esa perseverancia ha dado frutos muy significativos. Gracias a los likes y a la comunidad que se siente parte de su sacrificio, ganó un concurso que le otorgó un horno industrial. Y en un momento de gran desesperación económica, un video viral promocionando cajitas con rollitos de canela le generó medio millón de pesos en dos días, dinero que utilizó para pagar cuentas y comprar insumos.

Debido a las redes, ha recibido clientes que vienen de distintas comunas e incluso, de diferentes regiones. Llegan no solamente a degustar los berlines y rollitos de canela, sino también, a dar palabras de aliento y cariño.

Un socio silencioso ¿o no?

Si la disciplina es el cuerpo de su negocio, la fe es el alma. Para Constanza, Dios no es un nombre lejano, es un amigo, confidente y hasta socio estratégico. El momento en el que volvió a las afueras del Hospital El Carmen junto a su estrategia de redes no fue solo producto de su perseverancia sino también por un llamado de Dios.

«Sentí que el señor me decía: ‘Vuelva al berlín, vuelva al berlín’ (…) yo le dije: ‘No sé que me tienes preparado, pero confío en tí’», relata.

Esa espiritualidad se traduce en acción. Al estar ubicada frente al hospital, su puesto se convierte muchas veces en un refugio. Constanza no teme preguntar «¿puedo orar por ti?» cuando un cliente se abre con ella, transformando una simple venta en un momento de contención.

El sueño del local propio y una promesa sagrada

Hoy, Constanza mira más allá de la reja del hospital. Su mente ya proyecta el siguiente paso: un local establecido en plena Plaza Maipú, pintado con los colores rojo y blanco de su marca.

Pero su ambición final no es solo el éxito comercial, sino cumplir una promesa que le hizo a Dios cuando le pidió volver al rubro. Su gran meta es generar los recursos suficientes para organizar mensualmente un «festín».

«Quiero hacer una vez al mes un festín para toda la gente de la calle, pero que sea de primera, que tengan rollos de canela, berlines, kuchen, que sea un desayuno buffet para ellos», confiesa Constanza.

Mientras ese día llega, Constanza sigue firme en las afueras del Hospital El Carmen. Con su gorro puesto y la fe intacta, demostrando que, al igual que la levadura en su receta, ella comenzó siendo algo pequeño, pero con el calor de la perseverancia, está lista para crecer y alimentar a quien lo necesite.

Tomás Tapia

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