Cuando el calor azota en Maipú, hay una parada obligatoria para las y los vecinos, un lugar donde las sombras de los árboles abundan y un brebaje refrescante espera ser consumido. Elena López espera brindar ese escape del calor con un mote con huesillo único, no solo por lo rico y frío, sino porque cuenta con los mejores deseos de hacer al cliente feliz.
A sus 15 años empezó a trabajar junto a su mamá, quien le enseñó todo lo que sabe sobre el mote con huesillo, incluida su receta secreta. Elena se quedaba en casa preparando el brebaje, mientras que su mamá se mantenía vendiendo en el mismo lugar en el que se encuentra el carrito de la «Tía Nena», en la Plaza Arica, que se encuentra en Libertador Gral. Bernando O’Higgins con Gral. José San Martín (cerca del Metro Santiago Bueras, Línea 5).

«Mi mamá trabajó 27 años aquí, cuando la plaza estaba muy fea y ella no tenía carrito. Tenía un cajoncito, una ollita y ahí se puso», recuerda Elena López, conocida por todos como la «Tía Nena».
De la electromecánica al cucharón de mote
Mientras ayudaba a su madre en su juventud, Elena se imaginaba en otro lugar: en un taller abriendo el capó de un auto para repararlo. La vida ¿o la urgente necesidad? decidió que tenía otros planes para ella: seguir el legado de su mamá.
«Yo quería estudiar electromecánica (…) mi papá, mi hermano, todos saben de autos y a mí me llamaba mucho la atención, pero no se dio. No pude terminar de estudiar por ayudar a mi mamá en el trabajo», explica.
Una gran responsabilidad caía sobre los hombros de la «Tía Nena», ella era el pilar de su mamá, pues no solamente ayudaba a su madre con el trabajo, sino también con la crianza de sus cinco hermanos.
El paso del delantal y una receta sagrada
Cuando su mamá decidió retirarse tras recibir la herencia de su abuelo, Elena pasaba por un momento difícil; estando sin trabajo y con hijas que alimentar, rezaba por una oportunidad laboral. Fue en ese momento en el que su madre decidió pasarle el cucharón a sus manos.
«Un día mi mamá me llamó y me dijo: ‘hija, te voy a dejar mi lugarcito de los motes, tú me ayudaste con tus hermanos menores, te voy a dejar este lugar para que trabajes’», recuerda Elena.
Pero al regresar a la Plaza Arica en Maipú, se dio cuenta de que su madre ya no estaría allí para ayudarla; ahora toda la responsabilidad del mote caía en ella.
«Estaba muy muy nerviosa mi primer día, sentía que iba a dar vuelta los vasos», confiesa. Sin embargo, las mamás, que cuentan con esa habilidad única de calmar a los hijos, siempre saben qué decir en estas situaciones. Un simple «respira profundo y ve con confianza» fue suficiente para darle seguridad a Elena.
Si bien la receta original de su madre ya era perfecta, la «Tía Nena» le añadió otro ingrediente más, la fe.
«Yo le pido al Señor que el que tome este mote se sienta aliviado, que si está triste, que se sienta mejor y luego vuelva a por más; esa es la receta más grande que tengo», explica Elena.
El alma detrás del mote y una oportunidad de vida
Esa espiritualidad que vierte a los motes también se refleja en el trato con la gente; la «Tía Nena» atesora una historia que la marcó profundamente.
Todo partió cuando un hombre en situación de calle la vigilaba a lo lejos. «Llegaba un joven de la calle, él se escondía detrás de un árbol y me miraba desde allí», las semanas pasaron y la situación continuaba; lejos de asustarse, Elena lo llamó un día haciéndole gestos con las manos y hablaron.
El hombre lucía sediento y acalorado. Al preguntarle por qué pasaba horas escondiéndose y observándola, el joven respondió: «Yo venía a verla todos los días porque yo quería asaltarla». Con unos nervios de acero, Elena le preguntó por qué no lo había hecho aún, a lo que el hombre dijo:«No puedo porque hay algo que usted tiene, que no le puedo hacer nada».
Ambos conversaron ahí mismo y Elena vio en él un hombre que había perdido su familia, hogar y negocio por el vicio, pero lejos de ahuyentarlo, lo escuchó y animó.
«Empecé a hablarle del Señor, todos los días venía y yo le daba su mote con huesillo heladito y le pasaba plata para que fuera a la panadería y se comprase pancito», explica.
Esa ayuda material se transformó en una oportunidad de vida. Un cliente habitual llegó comentando que necesitaba de un trabajador para una parcela en Peñaflor, la mente de Elena giró al instante hacia el joven en situación de calle.
«Hay un joven acá, él quiere trabajar, él quiere cambiar», le dijo al cliente y el joven, al enterarse de la recomendación, lloró de la emoción y tomó el trabajo.
Tiempo después, un caballero bien vestido y afeitado llegó ante el carrito de motes con huesillo. Elena no lo reconoció al principio, hasta que le comentó que era el joven que se fue a Peñaflor a trabajar.
«Varias veces lo he visto pasar bien arreglado y hasta con vehículo, todo cambiado», comenta feliz Elena.
Para ella, esa experiencia fue una de las más hermosas que le ha entregado el rubro de vender motes con huesillo.
Un legado que resiste el paso del tiempo
A pesar de que el barrio y los tiempos hayan cambiado, el carrito de la Plaza Arica de Maipú sigue siendo un lugar donde los vecinos se pueden relajar y arrancar por un momento del calor con un mote con huesillos. Pero en el carrito hay nuevos rostros, pues Elena ha comenzado a enseñarles el oficio a sus hijas y sobrinos.

A pesar de que saben preparar el mote, le insisten a su madre que no les queda igual que a ella, «mami, usted tiene la mano» le dicen.
Actualmente, ella ya no atiende al público directo; su labor se ha trasladado al interior de su hogar, donde prepara el mote desde la madrugada para asegurar la calidad de siempre. Son sus hijas y sobrinas quienes ahora dan la cara en el carrito, manteniendo viva la tradición en la calle.
Es el sello de la «Tía Nena», la mujer que cambió el sueño de reparar motores por el de reparar el alma de sus vecinos con un vaso de mote.
