"Para rearmarte, tienes que romperte": El centro de rehabilitación en Maipú que sana adicciones y derrumba prejuicios

El centro Ryev en Maipú va más allá de la desintoxicación, cultivando una comunidad de "hermanos del mismo dolor" y derribando estigmas. Su enfoque terapéutico, que incluye la reconstrucción de la identidad y el apoyo familiar, ofrece una vía genuina para sanar adicciones.

"Para rearmarte, tienes que romperte": El centro de rehabilitación en Maipú que sana adicciones y derrumba prejuicios Reportajes

El contacto con las drogas ha dejado de ser un tabú cuando el consumo es recreativo. Pero también está la otra cara de la moneda, esa que impide ver rostros, que vuelve invisible a los que consumen, que juzga sin conocer.

Cada ser humano es una historia distinta, pero en Ryev son todos«hermanos del mismo dolor» , extraños de distintas edades y estratos sociales se unen, comparten sus historias, penas, alegrías, y dejan de ser desconocidos, convierten ese dolor en propósito, lo convierten en sanación.

Al entrar al Centro de Rehabilitación Ryev, en Camino Rinconada #4477, te saluda un enorme patio verde y el graznido de los loros anuncia que alguien acaba de llegar. Hace muchísimos años, el actual centro solía ser un seminario para curas y por esas vueltas de la vida, se transformó en lo que es ahora.

Cuando descubrió que su entonces marido era adicto a las drogas, Patricia Cintoseli no dudó. Corrió a llevarlo a un centro de rehabilitación. La realidad le pegó fuerte al ver el resto de pacientes y familias, vio tantas historias y dolor, pero también esperanza y fe. Esa experiencia en su vida la motivaría a fundar el Centro de Rehabilitación Ryev.

«Yo me di cuenta que es un trabajo muy hermoso volver a dar tranquilidad y fe a las familias, que esto sí se puede lograr», comenta Patricia.

Sin embargo, quiso hacer algo distinto a los centros de rehabilitación tradicionales. Buscó crear un espacio que integrase más a las familias de los internados y que, dentro del mismo, existiese un genuino ambiente de comunidad.

«Como me gustó tanto el tema, decidí junto a otras personas, crear un centro de rehabilitación, ya con este año cumplimos diez años»

Así, con un grupo de especialistas, ha mantenido en pie un centro en el que llegan personas de distintas comunas para internarse y sanar.

«La idea es que la gente conozca que sí hay lugares que ayudan a la rehabilitación, que la rehabilitación sí se puede», explica Patricia.

Distintos origenes, distintas historias, un mismo propósito

«Estaba en tinieblas, vivía en angustia», así califica Daniel su vida antes de entrar al centro, todos los días se drogaba y trabajaba como chofer de buses.

«Mi consumo era de 3 g a 6 g diarios (cocaína). Era algo de muerte. Estaba a punto de morirme, también intenté muchas veces suicidarme», confiesa Andrés, quien se desempeñaba como ingeniero en el pasado.

«Estaba en un momento de soledad máxima, refugiado totalmente en la droga», dice Sebastián, quien es camionero y sufrió numerosos ataques epilépticos durante su etapa de adicción.

Historias de consumo hay muchas, pero la adicción es solo la «guinda del pastel» para los terapeutas. Es la consecuencia de algo más profundo que drogarse por placer o diversión como usualmente se estigmatiza.

«Mucha gente piensa que la persona que está en adicción al consumir disfruta del consumo y a lo mejor al principio sí, uno empieza a consumir a lo mejor por diversión o por problemas, pero con el tiempo ya no pasa a ser divertido (…) Uno sufre, uno ya la empieza a pasar mal con el tema del consumo, hay personas que están en adicción y no lo están disfrutando, están en un hoyo, están sufriendo, explica Daniel.

«También somos seres humanos, también sentimos», es lo que desde Ryev desean transmitirle a la población, que las personas que sufren de adicciones no son necesariamente delincuentes o bichos raros, sino personas que han tomado malas decisiones en sus vidas y que en la droga han buscado refugio de las depresiones, refugio que ha resultado ser una ilusión.

«Es como muy tabú, el tema de la adicción está mal visto, que es como para delincuentes o gente que anda metida en cosas malas, no somos gente mala. Normalmente hay gente que tuvo o vio cosas feas desde chico, se crió en un mal barrio, tuvo otros problemas, de apoyo emocional, padres no presentes, gente que los guiara en la vida, que le enseñara cómo controlar sus emociones. Y una mala decisión sobre otra, sin el apoyo correcto, te deriva a a hundirte cada vez más», relata Nicolás.

Sin embargo, los internados advierten que hay otra perspectiva nociva para alguien que se está rehabilitando: la lástima.

«Me dan pena», «son unos pobrecitos», palabras que quizá buscan empatizar con la persona terminan por aislar, victimizar. Se genera una condescendencia que termina creando barreras.

«Somos personas que están viviendo un proceso, al igual que todo el mundo», explica Andrés.

​La adicción no discrimina. No se fija en edades, títulos universitarios o trabajos. Se fija en los vacíos, los traumas y las depresiones no sanadas.

«Romperse para rearmarse»

Para quienes habitan Ryev, el internamiento ha significado mucho más que una simple desintoxicación física. El aprendizaje más profundo, coinciden residentes y terapeutas, no es solo dejar la droga, sino la reconstrucción de la identidad. Por eso, para Rafael, quién lleva cuatro meses en el centro de rehabilitación, comenta «para rearmarte, también tienes que romperte».

Uno de los ladrillos para esta nueva identidad es el amor propio, algo que la adicción es capaz de arrebatar por completo.

«Lo más valioso que he aprendido aquí es a quererme a mí mismo, porque si yo no me quiero, yo no voy a poder salir adelante», afirma Daniel.

En el ciclo de la adicción, todo lo demás queda atrás, la mente se enfoca en seguir consumiendo para adormecer el cuerpo y el sentir. Al dejar de anestesiarse ocurre la introspección y los «por qué» llegan amontonados, los traumas afloran y las malas experiencias también, pero en el centro no hay droga para aplacar la mente. En su lugar, hay compañeros y terapeutas que están dispuestos a escuchar, a dar un hombro para llorar y lo más importante, acompañarse sin juzgar.

» Uno se siente entendido, escuchado y a la vez también verbaliza, que es súper importante el verbalizar para poder darse cuenta, ponerse en los zapatos de quién eras cuando te pasaron estas cosas, de repente uno las puede pensar y no te pasa nada, pero cuando uno lo dice, se te puede quebrar la voz, se te vienen los recuerdos, las emociones y eso también es súper valioso porque uno en consumo no tenía emociones», explica Rafael acerca del «descongelamiento» de emociones.

«Todo es terapia»

En Ryev, la sanación no deja espacio al ocio; cada minuto está diseñado para reconstruir hábitos y recuperar la voluntad. La rutina parte a las 7:00 AM bajo un modelo donde«todo es terapia», desde las reuniones clínicas y motivacionales, hasta las brigadas de aseo y el desayuno comunitario.

Las reglas aparentemente simples, como no levantarse de la mesa hasta que el último termine o pedir permiso formal para cruzar un pasillo mientras se limpia, se transforman en herramientas vitales para dominar la impulsividad y reaprender el respeto por el otro.

Por eso, las personas que terminan su terapia y vuelven al mundo exterior se les llama «reeducados» . Significa volver a aprender, a obtener valores, respeto y mucho más, pero manteniendo ese vínculo especial que formaron con el centro, el cual es de suma importancia estando afuera.

«Cuando se reeduquen, cuando se de el alta, ahí realmente se va a jugar el verdadero partido», explica Denis.

«El proceso de rehabilitación, entre comillas dura cinco años. Es un año internado y después tienes que estar cuatro años ligados al centro (…) es la única manera de tener esta red de contención que el día de mañana te apoye. El día que tú estés pasando por un síndrome de abstinencia, el día que tú tengas un deseo de consumo, el día que tengas un craving, el día que termines con tu pareja, este es el primer refugio que tienen los chicos»

La tarde da paso a la productividad y la reflexión, ya que son los mismos pacientes quienes se cocinan y hornean pan (además de tener un gallinero), luego se estudia diversos temas como filosofía, los efectos de las drogas en el cuerpo y más. Todo con el fin de fomentar la industriosidad y el sentido de propósito. Además se realiza una «toma de estados» donde se reúnen en la noche para evaluar los objetivos cumplidos y mencionar pensamientos intrusivos antes del descanso a las 10:30 PM, cerrando un ciclo diseñado para mantener la mente ocupada y el espíritu en constante reconstrucción.

Sanar a través de las letras

La terapia puede venir de otras formas, como el descubrimiento de un nuevo hobby. Nicolás lleva seis meses en Ryev y, entre las reflexiones del proceso, descubrió un talento que no sabía que tenía

«Me di cuenta que me costaba un poco confiar en la gente para yo soltar mis cosas, pero no me costaba comunicarlo a través de la escritura»

«Entonces me di cuenta con el tiempo que tenía como una habilidad, un talento con la escritura y un día se me ocurrió escribir un cuento inspirado en mi niño interior»

Así nació «El pequeño Nicolás», un viaje por ocho planetas que simboliza la experiencia de sanación que él mismo ha vivido durante su rehabilitación. En el libro, cada desafío es un reflejo de la realidad y una enseñanza para que, cuando el protagonista regrese a la Tierra, lo haga convertido en una mejor persona.

«En cada planeta que visita vive una aventura distinta, la cual le deja una enseñanza, cada vertiente negativa se va convirtiendo en una positiva», explica.

«Está muy enfocado a los niños, tiene cosas como colores, dragones y mucho idioma para niños»

​El libro de Nicolás es solo una prueba más de que detrás del estigma hay humanidad, sensibilidad y esperanza. Al final del día, las historias que se entrelazan en este centro de rehabilitación son un recordatorio de que la adicción no define a una persona, sino que revela sus heridas más profundas.

Cuando los loros vuelvan a graznar en el patio de Ryev, no solo anunciarán la llegada de otro «hermano del mismo dolor», sino el inicio de una nueva oportunidad para romperse, rearmarse y, por fin, volver a vivir.

Tomás Tapia

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