Es maravilloso cuando estás en algún lugar del mundo y aparece un maipucino que recuerda la comuna con cariño. Pero la alegría es mayor cuando, además, te confirma historias que dabas por leyenda urbana. Así me pasó con el Hoyo del Nico: el carrete bajo tierra empezó a tomar forma concreta. Tenía dirección, horarios, un “tío” en la entrada y, sobre todo, una generación de jóvenes que lo recuerda como parte importante de su vida nocturna.
La primera vez que escuché de estas fiestas fue por el poeta Williams Viveros, quien habló de un hoyo en la tierra convertido en centro de eventos. Sonaba exagerado, casi fantástico. La confirmación llegó hace poco, en la celebración del Día del Profesor. Yo hablaba de Maipú en la mesa, cuando Consuelo Solís, profesora de Educación Física, dijo con total naturalidad que había vivido en la comuna y, lo más importante: “Yo carreteaba en el Hoyo del Nico”. Tenía una testigo directa frente a mí.
Según recuerda Consuelo, ella visitaba el lugar entre 2012 y 2013. Tenía unos 18 años y estudiaba en el Boston College de Nueva San Martín (hoy Lincoln College), frente a una vulcanización ubicada en el Parque Tres Poniente. Dentro de ese mismo terreno, hacia el arenal, se ubicaba el Hoyo del Nico. No recuerda cómo llegó la primera vez; como suele pasarle a la juventud, alguien dijo “hay carrete” y la noticia empezó a correr entre cursos y colegios. Una vez a la semana, probablemente los viernes, desde las 23:00 horas hasta cerca de las 4:00 de la madrugada, el hoyo se llenaba de música y de juventud maipucina.
La entrada era por el arenal y siempre estaba el mismo hombre mayor controlando el acceso. Todos lo conocían como el “tío”. A Consuelo y sus amigas nunca les cobró entrada; ella no sabe si al resto sí. Lo que mi colega recuerda muy bien es el discurso del hombre: decía que prefería ver a los jóvenes reunidos ahí, bajo techo, que desperdigados en el arenal abierto. En su lógica, el Hoyo del Nico era una manera de ofrecer un espacio más tranquilo y menos expuesto para carretear.

El lugar hacía honor a su nombre: era literalmente un hoyo en la tierra, como la excavación de una piscina enterrada, pero sin piscina. Un rectángulo profundo, de piso de tierra firme, con una techumbre sencilla. Desde arriba se veían los parlantes a ras de suelo; ya abajo, esos mismos parlantes quedaban en lo alto. Había luces colgando del techo, baños modestos pero salvadores y una regla clara: adentro no se vendía alcohol, pero se podía entrar con lo que cada uno comprara antes.
El público era principalmente juvenil: recién egresados de cuarto medio o estudiantes del último año de distintos colegios de la zona. Iban del Boston College, del King Edwards, del Complejo Educacional Maipú y de otros establecimientos cercanos. Un DJ —no se sabe si pagado o voluntario— mezclaba los hits del momento y aceptaba pedidos de quienes se acercaban.
Consuelo recuerda que se tomaba, se fumaba y se bacilaba, pero nunca vio peleas graves ni situaciones descontroladas. Para ella, el Hoyo del Nico fue un carrete intenso pero tranquilo, donde la meta era pasarlo bien y sentirse parte de algo. Como tantas historias de juventud, no tuvo un cierre claro: en algún momento las fiestas simplemente dejaron de hacerse. No sabemos si fue por decisiones del dueño, por reclamos de vecinos o porque la generación que lo llenaba cada viernes empezó a seguir otros caminos.
Por eso, esta crónica no pretende cerrar la historia, sino abrirla. Si fuiste al Hoyo del Nico, ¿en qué años ibas y con quién? ¿Recuerdas al dueño o a quienes lo organizaban? ¿Conociste al Nico? ¿Qué canciones no podían faltar? ¿Tienes anécdotas, fotos, recuerdos que quieras compartir?
Te invito a sumar tu memoria. Entre todos y todas podemos reconstruir este carrete bajo tierra que, por un tiempo, hizo latir el corazón nocturno de Maipú.










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