La promulgación de la ley “Yo Cuido, Yo Estudio” marca un hito necesario en la educación superior chilena. No es solo una norma administrativa; es el reconocimiento explícito de una transformación silenciosa: la universidad del 2026 ya no es exclusivamente juvenil. En sus aulas conviven madres jóvenes, padres trabajadores, cuidadores de adultos mayores y profesionales que regresan para reconvertirse. Persistir en la idea de que la educación superior pertenece únicamente a quienes transitan linealmente desde la enseñanza media es desconocer la realidad social del país.
Desde la perspectiva de los derechos, esta ley representa un avance civilizatorio. La UNESCO ha insistido en que el aprendizaje a lo largo de la vida es una condición estructural de las sociedades contemporáneas (UNESCO, 2021). Negar oportunidades formativas a quienes cuidan sería perpetuar desigualdades bajo la apariencia de neutralidad académica. Asimismo, la OCDE advierte que los sistemas más equitativos son aquellos que generan apoyos diferenciados sin abandonar estándares comunes de calidad (OECD, 2022). Allí está el núcleo del debate.
Porque si esta ley abre puertas —como debe hacerlo— también exige madurez institucional. Flexibilizar no puede transformarse en rebajar. Reconocer trayectorias diversas no implica diluir exigencias. La educación superior cumple una función pública: formar profesionales competentes, éticos y rigurosos. Convertir la comprensión en permisividad sería una forma encubierta de desigualdad.
El desafío es más sofisticado. Se trata de sostener los resultados de aprendizaje, pero diversificar los caminos para alcanzarlos. Tutorías formales, planes de acompañamiento, calendarios ajustados con criterios claros, modalidades híbridas bien diseñadas y seguimiento académico serio. No se trata de bajar la vara; se trata de sostenerla con mayor inteligencia.
Aquí la pregunta incómoda es inevitable: ¿están nuestras instituciones preparadas para asumir este equilibrio sin caer en populismos académicos? La inclusión auténtica no es complaciente; es exigente con humanidad. Derechos y deberes no son polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
“Yo Cuido, Yo Estudio” es una señal potente de que Chile comprende que la educación superior ya no es un privilegio de juventud, sino un espacio intergeneracional. Pero su éxito no dependerá del aplauso inicial, sino de la coherencia con que se implemente.
Cuidar y estudiar no son verbos contradictorios. Son, muchas veces, el acto más profundo de responsabilidad con el futuro. La ley nos invita a madurar como sistema: a ser una universidad rigurosa y flexible, comprensiva y firme, humana sin renunciar a la calidad.
Si logramos sostener esa tensión creativa, este hito no será solo una concesión bien intencionada. Será el signo de una educación superior que entendió, por fin, que incluir no es bajar estándares, sino ampliarlos con justicia.
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