Ricardo Cornejo, psicólogo clínico y organizacional con más de 14 años de trayectoria, se ha especializado en depresión, ansiedad, crisis vitales y orientación vocacional y laboral. Escribe esta columna de opinión a raíz de una situación que vivió en un centro de salud en Maipú:
Hace algunas semanas, mientras recibía atención médica (tratamiento) en el Hospital El Carmen de Maipú, empecé a notar que lo más relevante no ocurría necesariamente dentro de la consulta, sino en los espacios cotidianos que se generan entre personas que comparten tiempo, cuidado y confianza.
En esas conversaciones breves, varias de las enfermeras y TENS que me atienden —mujeres sobre los 40 años— comenzaron a contarme cómo se estaban sintiendo. Cansancio persistente, dificultad para dormir, cambios bruscos de ánimo, irritabilidad, una sensación de desgaste emocional difícil de explicar. Muchas lo decían con una frase que se repite con demasiada facilidad: “Debe ser normal, es la edad”.
Como psicólogo, esa frase siempre me genera inquietud. Porque que algo sea frecuente no significa que deba vivirse en silencio.
Ellas hablaban de la menopausia, que suele ser abordada desde lo biológico, y con razón: hay cambios hormonales reales que afectan el cuerpo. Pero lo que pocas veces se explica con claridad es que también se trata de una transición psicológica profunda, una reorganización del equilibrio entre cuerpo, emociones e identidad.
Desde la psicología del desarrollo, autores como Erik Erikson han señalado que la vida adulta no es una etapa estática, sino una sucesión de crisis evolutivas que exigen ajustes internos. La menopausia suele coincidir con uno de esos momentos: cuando el cuerpo cambia, pero también cambian los roles, las prioridades y la relación con el tiempo.
Desde lo neuropsicológico, sabemos que la disminución de estrógenos impacta en neurotransmisores asociados al ánimo, al sueño y a la regulación emocional. Por eso no es extraño que aumenten la irritabilidad, la ansiedad o la tristeza. Sin embargo, reducir la experiencia de la menopausia solo a las hormonas sería simplificar demasiado lo que ocurre.
En la clínica psicológica, muchas mujeres describen esta etapa como una sensación de desajuste interno. “Antes podía con todo”, “ya no tengo la misma paciencia”, “me siento distinta a mí misma”. Estas expresiones no hablan de debilidad, sino de un sistema que está cambiando de ritmo. Como plantea Donald Winnicott, el malestar aparece muchas veces cuando el entorno —o una misma— exige funcionar como antes, ignorando que algo esencial se ha transformado.
La menopausia no llega sola. Suele aparecer en un momento vital cargado de demandas: trabajo, familia, cuidado de otros, padres que envejecen, hijos que se van. Durante años, muchas mujeres han sostenido más de lo que se les reconoce. En este punto, el cuerpo parece decir algo claro: “así como venías viviendo, ya no es sostenible”.
Desde una mirada psicológica, este malestar puede entenderse como una señal de salud. Como señala Byung-Chul Han, vivimos en una cultura del rendimiento que normaliza el agotamiento y patologiza el descanso. La menopausia, en ese sentido, irrumpe como un límite corporal y emocional que obliga a replantear la forma de estar en el mundo.
Uno de los grandes errores culturales ha sido enseñar a las mujeres a minimizar su propio malestar. A pensar que estar cansadas, irritables o emocionalmente sobrepasadas es simplemente “parte de la vida”. Desde la psicología sabemos que cuando las señales del cuerpo se silencian de manera persistente, el costo suele aparecer después en forma de ansiedad, depresión o desconexión emocional.
Por eso es importante decirlo con claridad: no todo malestar es “normal” solo porque sea común.
Hablar de salud mental en la menopausia implica entender que esta etapa no es una pérdida, sino una transformación. Muchas mujeres, cuando logran comprender y acompañar este proceso, descubren algo valioso: mayor claridad emocional, menos tolerancia a lo que daña, una necesidad más genuina de autenticidad. No es casualidad que en esta etapa aparezcan decisiones importantes, cambios de rumbo o redefiniciones personales.
La terapia psicológica puede ser un espacio fundamental para elaborar estos cambios. No porque haya algo “mal”, sino porque se está atravesando un momento de reorganización profunda. Como plantea Carl Gustav Jung, la segunda mitad de la vida invita a un movimiento distinto: menos hacia afuera, más hacia adentro, hacia el sentido y la integración de la experiencia.
Las conversaciones que escuché en el hospital no fueron quejas. Fueron relatos honestos de mujeres que siguen trabajando, cuidando y sosteniendo, aun cuando su cuerpo y su mente les están pidiendo otra forma de habitarse.
La menopausia no es el final de la vitalidad ni de la salud mental. Es un cambio de etapa. Y como todo cambio importante, necesita información, acompañamiento y permiso para ser vivido con respeto.
Entonces, ¿qué se puede hacer?
Primero, nombrarlo. Ponerle palabras al proceso baja la angustia. Saber que no “me estoy volviendo loca”, que esto tiene un marco, un sentido, un tiempo. La menopausia no dura para siempre, aunque sus síntomas pueden extenderse algunos años si no son acompañados.
Segundo, no vivirlo en soledad. Conversar con otras mujeres, con profesionales de la salud, con la pareja o la familia. El apoyo social es uno de los principales factores de protección emocional en esta etapa.
Tercero, cuidar el cuerpo sin castigar la mente. Actividad física acorde, buena higiene del sueño, alimentación consciente, chequeos médicos oportunos. Pero también —y esto se olvida mucho— permitir el descanso emocional. No exigirse rendir como a los 30 cuando el cuerpo está en otra etapa.
Escuchar el cuerpo, en esta etapa, no es rendirse, es aprender a vivir de una manera más justa con una misma.
Referencias bibliográficas:
- Erikson, E. (1982). The Life Cycle Completed.
- Winnicott, D. (1965). The Maturational Processes and the Facilitating Environment.
- Jung, C. G. (1933). Modern Man in Search of a Soul.
- Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio.









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