Imperios de hoy, cenizas del mañana

Estados Unidos bombardeó Caracas y detuvo a Nicolás Maduro en una controvertida operación militar. Esto abre un peligroso precedente que puede extenderse a otras regiones, desatando un nuevo ciclo de inestabilidad y conflicto en América Latina, advierte la columna de opinión de Bastián Gárces.

Imperios de hoy, cenizas del mañana Opinión

«Imperios de hoy, cenizas del mañana». Bastián Garcés, es periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile y cursó un magíster en Ciencia Política en la Universidad de Chile. Ha trabajado en medios de comunicación e instituciones públicas. En esta columna aborda la reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela con foco en el futuro que podría avecinarse en el continente:

Estados Unidos bombardeó Caracas. Donald Trump anunció la captura y extracción de Nicolás Maduro como si se tratara de una operación policial internacional, no de un ataque militar contra un Estado soberano.

La conferencia de prensa se realizó en Mar-a-Lago, su residencia privada. No hubo autorización del Congreso estadounidense, ni mandato de Naciones Unidas, ni cobertura jurídica alguna. Esto no es Yemen ni Somalia. Es América Latina. Es Sudamérica. Y es la primera intervención militar directa de Estados Unidos sobre una capital sudamericana desde Panamá en 1989.

No se trata aquí de defender a Nicolás Maduro ni la deriva autoritaria del chavismo post Chávez. Desde la izquierda, eso no es defendible ni política ni moralmente. Tampoco corresponde hablar en nombre del pueblo venezolano ni atribuirle una emoción colectiva frente a estos hechos. Pero una cosa es el juicio sobre un régimen y otra muy distinta es aceptar, normalizar o incluso celebrar el precedente que se abre para América Latina y, en particular, para América del Sur.

Lo ocurrido en Caracas marca un quiebre en el sistema internacional. No porque Estados Unidos haya descubierto el intervencionismo —Latinoamérica lo conoce demasiado bien— sino porque ha abandonado cualquier pretensión de legalidad, multilateralismo o legitimidad.

Entramos en una nueva fase: la del poder desnudo. La cooperación internacional, los organismos multilaterales y el derecho internacional pasan a un plano secundario frente a un juego de suma cero donde gana el más fuerte. No es solo un retorno al realismo más crudo, sino a una forma de neorrealismo sin contrapesos, profundamente desestabilizadora.

Trump justificó la operación primero en nombre de la lucha contra el narcotráfico, luego afirmando que Venezuela había “robado” petróleo estadounidense. Finalmente, anunció que Estados Unidos se hará cargo “temporalmente” del país para reconstruir su industria petrolera.

No hay plan político claro, no hay hoja de ruta institucional, no hay transición definida. La historia reciente enseña que cuando Estados Unidos interviene sin un proyecto político posterior —Irak, Afganistán— lo que deja no es orden, sino un nuevo foco de conflicto prolongado. Venezuela corre hoy ese riesgo, y con ella toda la región.

Durante décadas, Estados Unidos no solo intervino en América Latina: financió, organizó y respaldó regímenes responsables de miles de asesinatos, desapariciones forzadas y torturas, desde Chile y Argentina hasta Brasil, Uruguay y Centroamérica. La Operación Cóndor no fue una anomalía, sino una política sistemática de terror coordinado. La diferencia con el presente no es moral, sino formal.

Aquellas intervenciones se ejecutaban mediante intermediarios locales, golpes de Estado “domésticos”, servicios de inteligencia y una retórica de Guerra Fría que pretendía encubrir la violencia bajo ideas de orden, anticomunismo o seguridad hemisférica. Esa hipocresía no las hacía aceptables, pero sí delimitaba una frontera simbólica: la necesidad de ocultar, justificar y disimular el uso del poder.

Hoy esa frontera ha sido demolida. El imperio ya no conspira: bombardea. Ya no influye: captura. Ya no niega: se apropia. No hay intermediarios, no hay coartadas ideológicas, no hay siquiera el esfuerzo de construir legitimidad. La fuerza bruta opera sin máscaras, y ese paso —precisamente— es lo que vuelve este momento históricamente más peligroso.

El caso venezolano se inscribe además en un doble estándar obsceno. Trump ordena la captura de Maduro mientras defiende abiertamente a Benjamin Netanyahu, quien tiene una orden de arresto de la Corte Penal Internacional. Palestina queda así integrada al mismo cuadro: un mundo donde el derecho internacional ya no se aplica según normas, sino según alineamientos. No hay universalidad, solo jerarquía. No hay justicia, solo conveniencia.

La retórica también importa. Trump no habla de democracia. Habla de “civilización”. Y esa diferencia es fundamental. La democracia, incluso usada hipócritamente, es un principio universal: cualquiera puede aspirar a ella, exigirla, invocarla. La civilización, en cambio, es excluyente. O se pertenece o no. Es un “nosotros” contra “ellos”. Bajo esa lógica, Venezuela deja de ser un sujeto político y pasa a ser un territorio bárbaro, exterior a la civilización, susceptible de ser bombardeado sin explicaciones.

En ese marco, el rol de María Corina Machado resulta ilustrativo y profundamente aleccionador. Presentada como alternativa democrática, terminó siendo funcional a una operación decidida fuera de Venezuela. No definió tiempos, métodos ni objetivos. No condujo la transición ni fue parte del momento decisivo. Sirvió mientras legitimó el relato previo y fue desplazada cuando dejó de ser necesaria. En el nuevo imperialismo trumpista no hay aliados: hay instrumentos temporales. La advertencia es clara para las derechas latinoamericanas que hoy celebran y para quienes prefieren mirar hacia otro lado.

La reacción internacional confirma la gravedad del precedente. Europa emite comunicados vacíos: condena métodos sin nombrar responsables y acepta resultados sin asumir consecuencias. Giorgia Meloni, líder de la ultraderecha italiana, condena a Maduro pero evita respaldar explícitamente la intervención militar, refugiándose en una ambigua noción de “defensa frente a ataques híbridos”. No es un gesto humanista, sino de autopreservación. Si la fuerza sustituye por completo a las normas, nadie está a salvo, ni siquiera los aliados ideológicos. Cuando el sheriff dispara sin reglas, incluso quienes aplauden el orden comienzan a preguntarse cuándo les tocará a ellos.

Lo que emerge es un mundo de esferas de influencia, no de normas universales. Un retorno al siglo XIX. Estados Unidos actúa como sheriff de las Américas y, al hacerlo, ofrece un modelo replicable para Rusia en Ucrania o para China en Taiwán. No los legitima —nunca los condenó realmente— pero sí desarma moralmente a quienes lo hacían.

Finalmente, esta coyuntura interpela también a la izquierda. No para defender regímenes autoritarios en nombre de un antiimperialismo automático, sino para repensar su lugar en un orden internacional que se descompone. La incomodidad frente a gobiernos que dicen representarla no puede resolverse con silencio ni con negación. El nuevo escenario exige una izquierda capaz de sostener principios —soberanía, derechos humanos, autodeterminación— incluso cuando resultan políticamente incómodos.

Propagandhi lo dijo hace años: Today’s empires, tomorrow’s ashes. Lo ocurrido en Caracas no es una demostración de fuerza duradera, sino uno de los estertores de un imperialismo que ya no puede ofrecer normas, ni legitimidad, ni horizonte. Solo capacidad de daño. Y cuando eso es todo lo que queda, la decadencia deja de ser una hipótesis y se convierte en un hecho.

La pregunta final no es si los imperios se derrumban –la historia es clara al respecto–, sino cómo se convierten en cenizas y qué dejan a su paso. Porque cuando el fuego del poder se desata sin reglas, no solo quema al imperio que lo enciende: arrastra consigo a regiones enteras. Y en América Latina, que ya conocemos golpes, dictaduras y tutelas externas, sabemos que cuando el incendio termina, lo que queda no es la libertad, sino escombros, silencios y una larga reconstrucción.

Bastián Garcés

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile y máster en Ciencia Política por la Universidad de Chile. Ha trabajado en medios, agencias y organismos públicos, combinando periodismo y análisis político. Sus intereses se centran en sistemas electorales, partidos e ideologías políticas.

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