Como ya nos han escuchado decir en incontables ocasiones, “Maipú tiene muchas historias que contar». Algunas son gratas de recordar y otras nos reportan dolor y nos invaden con ese oscuro manto de la angustia. Pero, al fin, son sólo eso: historias que van conformando el acervo cultural que nos define e identifica como maipucinos.
Permítanme contarles una historia, narrada por don Guido Valenzuela en su libro “Brochazos y pinceladas de un maipucino antiguo” que sucedió hace ya poco menos de 60 años y que para efectos narrativos he ampliado, sin afectar su veracidad, ni su originalidad. Era 1968, nuestra comuna tomaba forma. El alcalde en ese entonces era el recordado doctor Ferrada, don Luis, un hombre de amabilidad desbordante y, sobre todo, de una inconmensurable solidaridad.
Había arribado a Santiago una bella joven de ascendencia rusa. Llegó con las expectativas propias de quien deja el bucólico paisaje sureño y se adentra en las entrañas de una ciudad que comienza a dar pasos agigantados hacia el desarrollo. Chile era distinto, y nuestra comuna era pequeña aún comparada con otras grandes urbes de Latinoamérica. Eso no impidió que la joven Valeska Kifer Philips se asentara en la calle Chacabuco para trabajar como empleada doméstica, designación que se les daba en esos años a mujeres que trabajaban en labores de casa ajena. La joven es descrita como muy vivaz, de tez blanca y de un rubio encendido; no sólo llamaba la atención por su simpatía, sino también por su belleza tan inusual en estos páramos.
Esta historia no podría estar completa si omitiéramos el nombre del lechero José Abarca Arias, quien cada mañana, consecuente con su oficio, pasaba por las calles de Maipú ofreciendo la leche, alimento tan vital para quienes en esos años se nutrían de productos naturales. Las miradas se cruzaron y, después de algunas conversaciones sin mayor profundidad, nació el amor. Arias la llevó a vivir consigo en la calle O’Higgins; compartieron la felicidad y el amor que abundaba en esas solitarias vidas.
Fueron cinco años, nos cuentan los testimonios, de amor, fidelidad y felicidad que eran evidentes, pues ella, con gran empeño, se sumó al pequeño emprendimiento que el esforzado lechero poseía.
Los años pasaron, pero de pronto el rastro de aquella carismática mujer desapareció. Su ausencia fue motivo de conversaciones; todos se preguntaban, con incisivo interés, qué le había ocurrido a la muchacha. Nadie tenía la menor idea de los ribetes que habría de alcanzar la desaparición de la mujer.
El joven lechero siguió haciendo su vida normal. En esos años los casos no tenían mayor relieve, dadas las escasas fuentes de información que, en ese tiempo, en una comunidad casi rural, existían. Sin embargo, una cosa llamaba la atención de los vecinos y de alguna docena de transeúntes que circulaban por la calle O’Higgins: la devoción con que José regaba su jardín. Todos los días, y a diferentes horas, regaba ese espacio de abundantes hortensias.
Una macabra realidad se alzó ante los ojos de este pueblo. En un tambor se encontró el cuerpo de la joven extranjera. Evidenciaba haber sido brutalmente golpeada. El cadáver de Valeska permaneció sepultado en el jardín del lechero, en el tambor que, en sus bordes oxidados, escondía una terrible historia de crimen y violencia.
No se tiene hasta hoy certeza alguna de las motivaciones que llevaron a José Arias a asesinar a la bella rusa. Lo cierto es que, de lo inexplicable, surgen historias que van conformando un relato colectivo que trasunta generaciones. Cada vez que le preguntaban a Arias por su pareja, este decía con total desparpajo: “Se devolvió al sur”, mientras el inerte cuerpo de la bella joven yacía bajo la capa de pasto que su asesino puso para ocultar el horror.
¿Qué habrá ocurrido? ¿Cuáles fueron las motivaciones del crimen y qué llevó a este hombre a actuar con tanta irracionalidad? Estuvo preso por algún tiempo, cumplió la condena y salió libre. De él nunca nadie supo más.


