Hoy es el Día Internacional de la Matrona/Matrón, una fecha que suele recordar a la mujer embarazada, imágenes de nacimientos y el inicio de la vida. Sin embargo, reducir nuestra labor a ese instante, solamente al trabajo de parto y el parto, es desconocer la profundidad de una disciplina que acompaña a las personas en todo su ciclo vital. La matronería moderna es un ejercicio de salud pública integral que abarca desde el neonato, la educación sexual y la anticoncepción hasta la gestión de la salud en sus distintas etapas y áreas.
En el contexto global, la importancia de esta profesión se mide en la cantidad de vidas salvadas. Las estadísticas internacionales son contundentes: según el informe State of the World’s Midwifery de la OMS y el UNFPA, el acceso universal a cuidados profesionales de matronería podría evitar cerca del 67% de las muertes maternas y el 64% de las neonatales en el mundo.
Un caso crítico en la región es México, donde la ausencia de una estructura de matronería autónoma y profesionalizada en el sistema público contribuye a una razón de mortalidad materna que ha llegado a duplicar la de Chile, alcanzando cifras cercanas a 40 muertes por cada 100.000 nacidos vivos. Mientras en México la atención está altamente medicalizada y fragmentada, Chile se alza como un referente mundial con una de las tasas más bajas de Latinoamérica (aproximadamente 20 por cada 100.000). Esta brecha no es un accidente, sino el resultado de décadas de un modelo de atención robusto que confía la vigilancia del proceso fisiológico a la autonomía técnica de la matrona, garantizando seguridad y protección donde otros sistemas fallan.
La matronería va más allá de la atención clínica o la sala de partos. Somos gestoras de bienestar, supervisoras, académicas, investigadoras y el primer punto de contacto en la detección de violencia de género o riesgos psicosociales. El acompañamiento de una matrona garantiza que la salud sexual y reproductiva no sea un lujo, sino un derecho accesible. Desde la adolescencia hasta la postmenopausia, el profesional de la matronería educa, previene enfermedades oncológicas mediante el tamizaje y promueve una salud basada en la evidencia científica y el respeto.
Este impacto no sería posible sin el pilar de la academia y la formación de excelencia. La matronería en Chile se ha profesionalizado al más alto nivel, asumiendo el desafío de liderar investigaciones que transforman la política pública. Un hito reciente que nos llena de orgullo es la inclusión de una de nuestras académicas en la «Tabla Periódica de Mujeres Científicas Chilenas», una iniciativa de la Biblioteca del Congreso Nacional que busca visibilizar a las investigadoras que están transformando el país. Este hito no es aislado; refleja cómo las matronas estamos ocupando espacios de producción de conocimiento científico, analizando datos y proponiendo soluciones técnicas para mejorar la calidad de vida de la población.
En el ámbito de la gestión, la matrona lidera unidades críticas, coordina campos clínicos y diseña modelos de atención que priorizan la seguridad del paciente. No solo ejecutamos protocolos; los creamos y los evaluamos. Esta capacidad de gestión es la que permite que los indicadores de salud de Chile sean referentes mundiales. Somos el puente entre la evidencia académica y la práctica clínica, garantizando que cada recurso del sistema de salud se utilice de manera eficiente y humana.
Hoy, el desafío de la matronería es seguir defendiendo estos espacios de atención integral. Fortalecer nuestra presencia en todos los niveles del sistema de salud no es una demanda gremial, sino una necesidad para mantener los estándares que sitúan a Chile como referente. Reconociendo de esta forma que detrás de los indicadores en salud sexual y reproductiva que exhibe Chile, existe un equipo de matronería liderando la vigilancia epidemiológica, la prevención y el cuidado continuo de las personas.
