/ IA y redes sociales

Inmortalidad digital: cuando la IA prolonga nuestra presencia en redes sociales tras la muerte

Startups como HereAfter AI o Project December entrenan modelos de IA con mensajes y audios de personas fallecidas para generar conversaciones simuladas. El servicio funciona por suscripción: si dejas de pagar, el bot desaparece.

Fernando Valenzuela
25 de junio de 2026 ·
Inmortalidad digital: cuando la IA prolonga nuestra presencia en redes sociales tras la muerte

Nuestra relación con la muerte es fundamentalmente social. Esto no implica desconocer que cada individuo vive un duelo y que, en último término, se enfrenta de manera solitaria a su propia muerte y a la de los demás. El significado de la muerte y las prácticas que realizamos en torno a ella están definidos por contextos sociales y culturales. Por eso, nuestra relación con la muerte cambia con cada transformación de nuestras formas de vida, incluida la introducción de nuevas tecnologías de la comunicación, como las redes sociales.

Una arista central en nuestra relación con la muerte es su carácter esencialmente público. Esto tiene al menos dos dimensiones. La primera es que debemos mostrar el duelo conforme a los códigos de nuestra comunidad. La segunda es que debemos realizar prácticas colectivas de gestión del vínculo con el muerto. Esta segunda dimensión es la que estructura con mayor fuerza la tradición de dejar rastros de la persona en el mundo compartido.

Cuando una persona deja de habitar este mundo compartido, nos ocupamos de dejar rastros de su persona en él. Esto no incluye solo el espacio geográfico o el mundo en sentido físico, sino también el mundo social y colectivo. La persona debe permanecer en el espacio público. De ahí que las principales prácticas rituales en torno a la muerte contemplen congregar a la comunidad, trasladar el cuerpo por el espacio común y dejarlo no perdido en la intemperie, sino en el espacio sagrado, que pone en contacto a la comunidad con fuerzas trascendentes, y señalizarlo, marcarlo.

A estas prácticas en torno al manejo del cuerpo se suman las que marcan el lugar donde ocurrió la muerte, como la tradición de las animitas o la construcción de memoriales. Estas marcas nunca son anónimas. Las animitas y los memoriales sirven para identificar a la persona que falleció en esa coordenada, aunque el tipo de identidad que se marca varía según el nivel de individualización de cada sociedad. En algunas basta con el nombre y las fechas; en otras se incluyen el oficio, el linaje y el estatus. En todas se cumple la misma necesidad de dejar una huella de la persona social, del lugar que ocupaba en la comunidad.

Junto a estas prácticas territoriales, existe un conjunto de prácticas que desterritorializan la conmemoración de los muertos, como el retrato pintado o fotografiado. Este último tiene la ventaja de permitir llevar consigo o transportar fácilmente la imagen de los muertos.

Con estos antecedentes, podemos entender mejor el efecto de las tecnologías de la comunicación. El desarrollo de internet en los años 1990 introdujo tempranamente cambios en las prácticas de relación con la muerte. Plataformas como Geocities, que permitían a usuarios con poco conocimiento de programación crear sus propios sitios web, pronto alojaron memoriales de personas y mascotas fallecidas. Esto ocurre porque internet cumple con algunas de las características esenciales para la producción de memoriales, al ser, por definición, un espacio de relación social. Asimismo, por carecer de territorialización, extrema la posibilidad que se había abierto con la fotografía.

En esta tradición se inscribe el uso de las redes sociales para relacionarnos con los muertos, y podemos pensar en qué diferencias trae consigo. En primer lugar, las redes sociales son, por definición, un espacio de reunión y de construcción de comunidad, aunque con características propias. Quien publica algo en las redes sociales lo hace asumiendo que la comunidad digital a la que pertenece en ese medio, sus «seguidores», va a escuchar. Esto quiere decir que los muertos son recordados en esta comunidad. A diferencia de cualquier otro formato de memorial, aunque cercano a la novedad que introdujo la fotografía, la red social no está atada al espacio geográfico. Así como el espacio público de interacción se lleva en el bolsillo, igualmente traemos en el dispositivo móvil la posibilidad de escenificar públicamente el duelo, eliminando el requisito del peregrinaje.

La red social introduce otra diferencia importante al estructurar la relación con los muertos en los mismos términos que con los vivos. La persona fallecida aparece como una persona más en el sistema social. En ese sentido, es posible hablar de una identidad digital que sobrevive a la muerte física. A diferencia del obituario, que anuncia la muerte, el perfil en redes sociales adopta la forma de una persona activa en la vida social. Queda una especie de retrato fijo, administrado solo por quienes sobreviven o por el algoritmo.

Las plataformas digitales también cumplen el criterio de permanencia. Al igual que ocurre con una lápida, se sabe que eventualmente se va a destruir o arruinar, pero, de igual modo, se sabe que tendrá una permanencia de largo aliento entre los vivos. Sin embargo, esta permanencia adopta una forma inédita. Los propios algoritmos de las plataformas generan su propia versión de la memoria. Facebook rescata publicaciones de años atrás etiquetándolas como «Un día como hoy», notifica el cumpleaños de personas que ya no están vivas y, en casos documentados, ha sugerido activamente reconectarse con alguien que murió. El muerto aparece en la pantalla del doliente no porque alguien lo haya decidido, sino porque un algoritmo detectó una interacción significativa con ese perfil. A diferencia del memorial, que se visita cuando uno quiere ir, la notificación llega sin previo aviso.

Actualmente hay posibilidades que van más allá del memorial pasivo en internet o en redes sociales. Startups como HereAfter AI o Project December entrenan griefbots o deadbots, que son modelos de inteligencia artificial con mensajes, audios y registros de personas fallecidas para generar conversaciones simuladas con ellas. Esto ha abierto debates éticos en dos direcciones principales. Por una parte, se problematiza el consentimiento que debe dar una persona para que sus comunicaciones privadas se utilicen para entrenar un sistema que la simule. Por otra parte, algunos investigadores advierten que la posibilidad de seguir conversando con una persona fallecida puede interferir en el proceso de aceptación de la pérdida. A esto se suma que algunos de estos servicios operan por suscripción, lo que significa que si el familiar deja de pagar, el bot simplemente desaparece o cambia. La caducidad de la sobrevida se determina por la fecha de la tarjeta de crédito.

Estas prácticas encuentran antecedentes en personas que dejan cartas, grabaciones o regalos para ser entregados a futuro a quienes les sobrevivan, en un evidente deseo de mantener su presencia y agencia entre los vivos más allá de su propia muerte. Con la introducción de estas tecnologías, no cambia este deseo sino la infraestructura que lo sostiene y las preguntas que abre.

Noticias relacionadas
Necesitamos tu voz
Maipú necesita un periodismo local valiente e independiente
Nuestra meta 2026 es llegar a 1.000 suscriptores. Únete desde $3.000 y activa el LVDM Pass con hasta 25% de descuento en bares, cafés y restaurantes de la comuna.
Sobre el autor
Fernando Valenzuela
Director escuela sociología UNAB
Director de la Escuela de Sociología y Trabajo Social UNAB

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *