No es fácil encontrar un mal sánguche en la comuna… y tampoco es fácil decirlo sin que alguien se ofenda. Porque para gustos, colores, como decía mi abuelita. Pero también hay verdades incómodas: hay lugares que alimentan y otros que solo rellenan.
Por suerte, todavía quedan de los primeros. De esos que no venden humo, venden grasa, sabor y una dignidad que se respeta. Porque sí, hay de todo: los que prometen y los que mejor ni volver, aunque te inviten con bebida y papas incluidas.
Pero también están esos que se gritan con el pecho inflado, que sé recomiendan fuerte y seguro, casi como un secreto que quieres que salga del barrio. Y ahí, desde la crónica anterior , empezó a repetirse un nombre como eco de hinchada de futbol y a coro : La Playa, en Cuatro Álamos 393. Cerca de las canchas, donde se llega siempre con barro en los zapatos.
Llegamos un miércoles, ese día en que nadie debería tener tanta hambre… y estaba lleno. Lleno como si regalaran pan, pero aquí no regalan nada. Eso ya es señal. Cuando hay gente, hay movimiento. Y cuando hay movimiento, hay vida. Primer acto aprobado.
El local, bueno, el local no va a salir en ninguna revista de arquitectura. Le falta cariño, una mano de gato, un poco de pudor incluso. Pero hay algo honesto en eso, como diciendo: “preocúpate del plato, no de la pared”. Y uno obedece.
La empanada de queso llegó sin discurso, pero con argumento: queso de verdad, masa delgada, fritura sin culpa. Un prólogo necesario, como para preparar el cuerpo y avisarle a la guata que esto no es simulacro.
Al rato, una chaparrita de queso con champiñones, nacida más del antojo que de la carta. Y cumplió. Contundente, sin complejos, bien parada. La comensal sonrió… y en estos tiempos, eso ya es crítica positiva.
Y entonces vino la espera. Esa espera que incomoda a los ansiosos y educa a los que entienden. Porque el sánguche bueno no corre, se toma su tiempo. Y cuando finalmente llaman el número, uno ya está listo para creer.
El churrasco italiano apareció como debe aparecer: sin pedir permiso. Pan fresco, tomate en su punto; ni frío de funeral ni tibio de descuido, palta generosa y una mayonesa que no se explica, se sufre… o se disfruta. De esas que te dejan los labios brillando, como si besar con labios brillantes fuera parte del menú.

El as, por su lado, sin alardes, pero sin fallas. Carne jugosa, equilibrio correcto, pan copihue como testigo de que aquí no se improvisa tanto como parece.
Y ahí, entre mordisco y silencio, se entendió todo. Por qué suena, por qué vuelve la gente, por qué el lugar sigue lleno aunque no sea bonito.

Porque al final, La Playa no seduce… cumple y en el mundo del sánguche, cumplir bien ya es casi poesía.
En esta vez no hay precios por qué fue una invitación de mis compañeros de mesa .
Porque la mesa —aunque sea prestada, pequeña o improvisada— siempre recompensa al que llega con hambre de verdad.









Deja una respuesta