Hagamos un poco de memoria. Cuando internet irrumpió en los colegios, generó una reacción de desconcierto defensivo muy similar a la que vemos hoy. Frases como “¡Es el fin del conocimiento real!” o «Sin ir a la biblioteca, nadie va a aprender algo realmente» resonaban en las salas de profesores y en la prensa de la época. Al final, la historia demostró que el sistema educativo no colapsó, ni la sociedad se volvió más ignorante; simplemente, se vio forzada a adaptarse y a cambiar la forma de acceder al conocimiento.
Hoy, vivimos un momento similar magnificado por la Inteligencia Artificial (IA). No es una moda; es un cambio de paradigma, y la percepción de su impacto es masiva: según el informe AI Monitor 2025 de Ipsos, un 67% de las personas a nivel mundial espera que la IA cambie profundamente su vida en los próximos 3 a 5 años.
Frente a este escenario, sin la pretensión de decirle a nuestros profesores cómo hacer su trabajo —ellos son los expertos en el aula—, pero sí desde la perspectiva de quien observa las dinámicas sociales, me atrevo a plantear que, para Chile, y especialmente para Maipú, la única respuesta inteligente es enfrentar una doble tarea impostergable.
El primer desafío: Del miedo a la oportunidad y la nueva brecha educativa
Las posturas ante la IA dividen a la sociedad. El mismo informe de Ipsos revela esta tensión: a nivel global, un 52% se siente «entusiasmado» y un 53% se declara «nervioso». En Chile, la aprensión es mayor: un 60% se siente nervioso. Más allá de los temores casi distópicos, inspirados en películas como Terminator sobre si «la IA nos va a dominar», emerge una preocupación más tangible: el impacto en el mercado laboral.
El Gobierno de Chile, de manera proactiva, lanzó en 2021 su «Política Nacional de Inteligencia Artificial». Sin embargo, una política nacional, por bien diseñada que esté, corre el riesgo de quedarse en el papel si no se implementa con equidad a nivel local. Y es aquí donde este desafío aterriza en nuestras calles. Maipú, por su realidad socioeconómica y demográfica, se encuentra en una posición de particular vulnerabilidad.
No es difícil imaginar un futuro donde colegios del sector oriente cuenten con programas avanzados de IA, mientras en nuestra comuna aún luchamos con brechas básicas. La desigualdad amenaza con mutar: ya no se tratará sólo del acceso a un dispositivo inteligente, sino será una brecha cognitiva que determinará quiénes podrán operar con los códigos del futuro y quiénes quedarán excluidos.
La segunda tarea: si la IA es la respuesta, hay que cambiar la pregunta
Ahora, supongamos que cada estudiante, incluso en colegios de alta vulnerabilidad, tiene acceso a la IA. Podría ser a través del celular que, algunos, ya llevan en la mochila. ¿Se soluciona con eso el problema? Rotundamente no, si seguimos evaluando como en el siglo XX. La regla es simple: si una tarea puede ser resuelta por completa por una IA generativa, el problema no es la IA, es la tarea.
Aquí, el principio de la transparencia se vuelve fundamental. Este no es un capricho pedagógico, sino el eco de una exigencia social. De forma contundente, el informe de Ipsos revela que un abrumador 83% de los chilenos cree que los productos y servicios deben revelar su uso de IA. Así como la ciudadanía exige esa honestidad a las empresas, con mayor razón debemos llevar ese estándar a la educación.
Esto implica evaluar no solo el resultado, sino el proceso reflexivo detrás. La tendencia inicial, casi intuitiva, es tratar a la IA como una especie de genio que puede adivinar nuestras intenciones. Un prompt vago como: «Mejora mi tarea de historia de Chile sobre la ‘Cuestión social’», si bien es un punto de partida comprensible, es limitado. En cambio, un buen prompt demuestra comprensión y es, en sí mismo, una evidencia de aprendizaje. No necesariamente tenemos que ser «ingenieros en prompts» para dar buenas instrucciones, sino que necesitamos reforzar la clásica habilidad de saber escribir, redactar y expresar, que nunca pasa de moda:
«Actúa como un historiador experto en la vida social de Chile. Estoy haciendo un trabajo sobre la ‘Cuestión Social’ y me cuesta entender la gran contradicción de la época del salitre. Necesito que me expliques, en unos tres o cuatro párrafos, cómo es posible que toda la riqueza que generaba el salitre no se tradujera en bienestar para los trabajadores. Para tu respuesta, quiero que incluyas distintas miradas, no solo la de los políticos, sino también la de las familias obreras. Por ejemplo, he leído sobre el sistema de fichas y la vida en las pulperías, podrías usar eso. Lo que más me importa son las tensiones sociales, más que una lista de fechas. Para terminar, déjame una buena pregunta que me ayude a reflexionar sobre el papel que jugó el Estado en todo esto.»
La evaluación cambia radicalmente. Se califica la inteligencia de las preguntas, se enseña a detectar sesgos en las respuestas y, además, se vuelve crucial generar ciertos espacios de reflexión donde la IA, deliberadamente, no intervenga -sin llegar a ser un imperativo ni confundirnos con una perspectiva punitiva o prohibitiva del uso de IA-.
Por ejemplo, hay espacios que son difícilmente reemplazables: la IA no sustituye nuestros juicios de valor en un debate sobre temas sensibles o polémicos, ni capta la complejidad emocional o las subjetividades en torno a un evento artístico o una comunicación entre pares. Ahí, en lo profundamente humano, reside la esencia de la educación. Por esto no es un capricho de ancianos con temor al cambio o modernización: son la mantención de espacios donde se forma nuestra humanidad compartida.
Reconocer este núcleo humano irreemplazable no es un ejercicio teórico: exige que su implementación local sea estratégica, no reactiva. En este aspecto, el verdadero debate actual no es ‘cuándo usarla’, sino ‘cómo hacerlo con justicia educativa’.
El llamado a la acción para Maipú
Frente a este desafío nacional, Maipú no puede permitirse esperar. Por nuestra escala y urgencia, tenemos tanto la responsabilidad como la oportunidad de ser pioneros. Es el momento de que el Servicio Local de Educación (SLEP Santa Corina), impulse una mesa de trabajo comunal sobre IA y Educación, pero sobre todo, que implemente un plan de capacitación docente ambicioso y sólido.
Este plan debe recalibrar el rol del profesor, para que sea un arquitecto de experiencias de aprendizaje, un guía experto en el diálogo crítico con la tecnología. Esto significa prepararlos para diseñar actividades donde la IA sea una herramienta, no una respuesta: enseñar a los estudiantes a detectar cuándo un algoritmo inventa datos (alucinaciones) o repite prejuicios (sesgos), a contrastar fuentes, y a usar el pensamiento crítico incluso cuando la tecnología ofrece soluciones rápidas. Un plan que no se quede en teorías, podría incluir: Un banco de prompts útiles por asignatura; Protocolos éticos claros sobre cuando y cómo usar la IA en evaluaciones y aulas, Certificación docente en pedagogía digital, exigida especialmente a docentes jóvenes.
El futuro de Maipú no se juega solo en la pavimentación de calles o la instalación de luminarias -logros valorables y exigidos por la gente de Maipú-. Se juega también, y con gran énfasis, en la capacidad de nuestro sistema educativo local para procesar esta nueva complejidad y asegurar que nuestros jóvenes no queden al margen de la revolución tecnológica más importante de nuestra generación. La tarea es doble, es compleja y es nuestra. Comencemos ahora.









Deja una respuesta